I – La llegada

Voy en el coche de mi familia americana. Solo son las 20:04 pero ya es de noche en la superficie de la tierra. La pantallita muestra la misma película que llevamos viendo la última semana siempre que vamos en coche. Ya casi me sé los diálogos, pero me gusta el calorcito de los cascos acolchados en mis orejas y cómo me aíslan del exterior de mi mente. Oigo la voz de Shrek y del burro, y de fondo la de mis host parents. Miro por la ventana y veo las altas siluetas de los árboles de Michigan. El cielo está en sus últimos tonos de azul y cerca de la Luna pasa un avión. Un avión que sobrevuela Lansing al igual que lo hizo en el que yo llegué hace ya treinta y cinco días.

Recuerdo ese vuelo, ese último vuelo que marcaba el final del trayecto. Y ese aterrizaje que marcaba el comienzo de la aventura.

Estaba sentada en una de las primeras filas del pequeño avión que me llevaría de Chicago a Lansing. Cada fila tenía tres asientos y yo estaba en el que queda separado de los otros dos y tiene ambos, ventana y pasillo. Fue un vuelo bonito. Pude ver los suburbios de Chicago, las grandes infraestructuras, las casas junto al lago… pude ver el lago Michigan desde la altura, lo que fue precioso y perfecto para admirar su enormidad, pude ver gran parte del estado de Michigan, el que ha sido mi hogar durante un mes y lo será por nueve más, el territorio llano y verde, lleno de campos y casas separadas unidas por carreteras de tierra, y finalmente pude ver Lansing, ya que lo sobrevolamos durante un buen rato. Verlo desde el avión hizo que me hiciera a la idea de como es, un centro urbano pequeño, rodeado de vecindarios, casas y más casas, una alta chimenea y el Capitolio.

Y ahí estaba yo, una española de dieciséis años con una enorme mochila sobre sus rodillas, la más morena y joven del avión, probablemente la más emocionada, con la nariz pegada a la ventanilla, los ojos abiertos como platos y el corazón latiéndome a mil, pensando que en diez minutos ya habría conocido a esa sonriente familia que decidió acogerme hacía más de seis meses.

Y bajé del avión con la enorme mochila a mi espalda, esperé a mi maleta de mano entre veinte cansados americanos con ganas de llegar a sus casas, y finalmente empecé a andar sonriendo llena de ilusión hacia mi nueva familia, hacia mi nuevo hogar y hacia el año que cambiaría mi vida.

La familia me recibió con dos grandes pancartas de bienvenida y primero al estilo americano, dándome la mano, y después al europeo dándome dos besos. Subimos al enorme coche camino a casa. Todos teníamos muchas ganas de hablar, en especial los niños, que no paraban de hacerme preguntas y reír. Ese momento en el coche es probablemente el momento en el que más he sentido que mi alrededor era más completamente diferente a lo que normalmente había sido. Hablando en inglés en ese enorme cochazo y ellos, que siempre han sido americanos, que siempre han vivido así y que todo es tan normal desde su punto de vista, el paisaje por la ventanilla, que no es demasiado diferente al verde de Cantabria, pero sí la estructura de las calles, las carreteras, tan anchas, y los edificios, que no son edificios sino algo más parecido a una casa que se emplea para negocios, consultas médicas o tiendas, los semáforos colgando de cables por el medio de la carretera y todo tan esparcido, tan separado unas cosas de las otras… todo era completamente alucinante y yo estaba flipando en colores. Y eso por no hablar del vecindario. Esos programas de reformas de casas, con esas casas tan gigantes, una al lado de otra con enormes jardines y lagos en la parte trasera, ahí vivo yo, en una enorme cocina abierta que da a un amplio salón con ventanales al precioso jardín y lago. Y es que todo es tan de sueño; recuerdo una de las primeras veces que pensé que podría vivir en Estados Unidos y recuerdo pensar en que una vez allí llamaría puerta por puerta a cada casa para ver su interior y, dato gracioso, recuerdo también pensar que no podría entrar a todas porque en muchas de ellas habría perros y eso sería un inconveniente.

Llegué a casa y los niños me hicieron un tour que luego la madre tuvo que repetir más al detalle.

Me enseñaron la habitación que sería para mí y coloqué mi ropa en el armario y mis fotos en los marcos. La mañana siguiente me desperté viendo sombras extrañas, la luz de la ventana se reflejaba en el espejo de una manera diferente, me di la vuelta en la cama, ¡tenía espacio para rodar en la cama!, me destapé dejando a un lado mantas desconocidas y me quedé sentada sobre el cómodo colchón mirando a la nada, lista para empezar el primero de mis días en mi nueva casa, con mi nueva familia. Lista para abrir mi mente a nuevos retos y nuevas aventuras, a una nueva cultura y un nuevo hogar.

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2 comentarios en “I – La llegada

  1. Ha faltado pone “continuará”, porque nos dejas como colgados. Ay, Carmenchu, qué experiencia, qué contenta te sentimos y cuánta emoción nos da comprobarlo.

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