Un feliz verano

Esta entrada la empecé a escribir hará dos semanas y he acabado hoy. Siento la demora.

Hoy vengo a contaros algo, y digo algo porque no se como llamarlo, pues ni es una historia, ni el resumen de un día o una actividad, simplemente es algo que llevo esperando todo el verano a compartir con vosotros. Sé que el verano aún no ha terminado, pero no podía esperar más a escribir esta entrada.

Me siento a escribir y aún no sé de qué quiero hablar exactamente… quiero hablar de este verano y los recuerdos que me ha dado, de la felicidad, de la suerte, quiero agradecer tantas cosas a tantas personas que no sé si seré capaz de expresar todo esto con simples palabras.

Empezaré diciendo que me siento muy afortunada de tener todo lo que tengo, de tener a mi familia, a mis amigos, de poder vivir esta experiencia y de que me haya aportado tanto sin haber viajado a Estados Unidos aún, de ser quién soy y cómo soy y de darme cuenta de que soy feliz. Porque soy muy feliz pero pocas veces lo demuestro. Lo siento.

La verdad es que siempre he sido feliz, pero creo que ahora es cuando más feliz soy, y solo por el hecho de darme cuenta de que verdaderamente lo soy. Disculpadme si no me explico bien, pero lo que quiero decir es algo así como que si vives pensando que eres feliz, lo serás más.

¿Y cómo te das cuenta de que eres feliz? Pues no lo sé. Simplemente un día alguien te dice que lo importante en la vida es ser feliz y hacer feliz al resto y decides seguir su consejo.

Entonces poco a poco vives experiencias que semanas más tarde recuerdas y te hacen sentir la persona más afortunada y más feliz.

Se acabaron las clases y empezaron las vacaciones. Se avecinaba uno de los mejores veranos de tu vida, si no el mejor. Tenías unos pocos días antes de que empezara la marcha y estabas ansiosa por vivir el esperado verano. Después de estos días tranquila en casita, empezó.

Montas en un autobús a las doce de la noche, con ganas de llegar a tu destino y ver a gente que hacía meses que no veías, con ganas de conocer a gente que no conocías. Y llegas, pasas el día, y vuelves. En casa te espera tu familia y dos chicas que han cruzado medio país para disfrutar de una semana todas juntas.

De esa semana recuerdas momentos como pasear junto al mar y hacer cientos de fotos, como insistir una y otra vez hasta que lo admita, como ir hasta un centro comercial solo para sentarte en la zona de descanso, recuerdas estar tumbada en la playa un día de viento con la arena pegándote en la cara y dos hermosas voces cantando a tu lado, recuerdas el sabor de helados enormes y largas noches de risa en vela hasta las tantas. Recuerdas la cara del primer día y un vídeo grabado desde dos ángulos. Y la semana se acaba sin que te des cuenta, y no las despides porque sabes que las volverás a ver.

Entonces coges un avión, el primero del verano, y llegas a Madrid. Y ves a todos los que esperabas ver. Das largos abrazos, sonríes mucho y eres tú misma. A decir verdad, andas un poco perdida, pero andas enamorada de ese lugar, de esa gente. Y semanas más tarde, en una noche reflexiva, recuerdas en la oscuridad de tu habitación lo bonito que fue todo. Recuerdas imágenes; sonrisas, gente, colores, fotografías… recuerdas sensaciones; el calor sobre la piel, abrazos, sonrisas que salieron de tu boca, la música dentro de tu cuerpo… y recuerdas sonidos y frases; música, risas, voces, “vamos a por la mochila”, “¿Dónde hay agua?”, “Carmen, coge alitas para todos”, recuerdas hablar con uno lo buena que es otra, recuerdas infinidad de cosas… y recuerdas felicidad. Cuando parece que el día se acaba recuerdas subir a un autobús lleno de gente y volver a bajar, y luego coger otro y llegar a un lugar en el que olía mal. Recuerdas buscar un chino con comida y coger un metro a casa. Y recuerdas esa noche a la perfección. La imagen de las escaleras para bajar al garaje, la araña muerta en la ducha, el sonido de la puerta del baño al abrirse o el de sus voces, el frío del agua que entró por la ventana en tu pie al pisar el charco, el sabor de la pizza y los cruasanes con chocolate, el movimiento del colchón cada vez que alguien lo pisaba al otro lado…

Y vuelves a casa al día siguiente, llena de momentos. Llena de ganas de disfrutar y de seguir viviendo.

Los días siguientes quedas con algunos de ellos, y cada momento que pasáis juntos constituye un recuerdo que te prometes nunca olvidar. Paseo por Madrid, él flipando y vosotras escuchando y riéndoos, comida en un restaurante de comida rápida, siesta en una tienda de ropa, de merienda un batido gigante, otro paseo, esta vez acompañados con más gente… y recuerdos y recuerdos. El frío del aire acondicionado, sus risas mientras comes la hamburguesa del revés, la Coca-Cola de alguien en tu pierna, piernas y brazos enredados en un sofá en Primark, cuando casi pierde el móvil y bajáis las escaleras mecánicas corriendo, ella delante y vosotros detrás, riéndoos, el encuentro con el resto en Starbucks y cómo no supiste pedir un batido, su risa cuando le dijiste que era la primera vez que estabas en esa tienda, y la de la otra cuando él se lo contó… Recuerdas, minutos más tarde, estar apoyada en una barandilla con los coches pasando a tu espalda, la risa cantosa de uno de vosotros, y cómo ibais en grupo, con las espaldas de ellas dos delante y los otros dos cogidos de la mano, recuerdas ángulos extraños en las chepas sentados en el prado y cuando empezó a llover. Recuerdas también que no sabían jugar a lo del coche amarillo y que se enfadaron contigo, de bromas. Y recuerdas un último paseo por el centro, el momento de fotos todos con todos, y la recuerdas preguntándote qué anillo te gustaba más. Tu último recuerdo de aquel precioso día es un largo paseo reflexivo por el Retiro, ya que no contabas con la mejor compañía para ir en metro, y cuando una se acostumbra a lo mejor, no quiere menos.

De aquellos días recuerdas también abrir regalos en la estación, apresuradamente pues el bus de uno está a punto de salir. Recuerdas cómo uno de vosotros os buscaba mientras vosotros os reíais porque no os veía. Y recuerdas la despedida. Cuando él se metía al metro y vosotras lo mirábais hasta que lo dejábais de ver. También recuerdas el último abrazo, pero no demasiado bien, pues siempre intentaste recordar los mejores momentos. Y cuando piensas en Madrid y en ellos nunca te acuerdas de la despedida.

Coges otro avión y aterrizas en la otra punta del país. Junto a dos chicas que no conocías y a una que un poco más, pasas unos días inolvidables. Y es entonces cuando te das cuenta de que todos los planes que tenías para ese verano se están acabando, y de que no quieres. Entonces eres consciente de que tienes que despertar y fijarte en cada detalle para recordarlo al máximo. El coche pasadas las doce, con vosotras cantando sus discos, dormir las cuatro en la misma cama, tú siempre pendiente del gato, comprar calcetines, el bulldog francés y lo que viene después, despertarte tapada con una cortina, tortazos porque sí, un baño por la noche que pensabas no haberte dado, porque empezaste poco a poco y al final te lanzaste de cabeza, como en la vida; a la aventura. Y recuerdas la última noche, las sombras en la habitación, el conejo de la puerta, la ventana abierta, desahogándonos la una con la otra.

Y una vez más coges un avión, esta vez de vuelta a casa, sabiendo que el siguiente vuelo no tendrá uno de regreso tan pronto como lo tuvo el resto.

Y ya estás en casa. Has vuelto a tu antigua pero presente vida, con tu familia y tus amigos. La rutina hace que recuerdes menos cosas; un día en la piscina, otro por el centro, el día que empezó la semana grande, saltando y cantando como no habías imaginado que harías, comiendo pizza frente al mar…

Un día se juntan dos fiestas y después de volverte loca cuarenta veces decides que te vas de acampada a casa de una amiga. De ahí recuerdas mucho. Recuerdas el paseo hasta el pueblo de al lado bajo la lluvia, que la tienda estuviera cerrada y acabar en una cafetería muy tumblr. Recuerdas estar en la esquina del salón, escondida y a oscuras, escuchando las pisadas de tus amigos, las risas, la música diabólica, y recuerdas darte cuenta de que te sientes a gusto, de que en ese momento no te gustaría estar en ningún otro sitio. A la mañana siguiente recuerdas volver a casa, aún feliz por lo bien que te lo habías pasado.

Y cuando todavía sigue muy vivo el recuerdo de la noche anterior, te vuelven a invitar al mismo sitio. Justo el día que nadie podía quedar, sospechoso. Al principio dices que no puedes ir, solo para ver cómo reaccionan, y la reacción es muy, muy graciosa. Entonces quedas para que te pasen a recoger pero nadie termina de llegar. Te dicen que vayas a otro sitio y aparece una furgoneta verde. De ella se baja tu amigo y te pone una venda en los ojos. Lo sabías. Recogéis a vuestra amiga en su casa y también le ponen una venda. Lo sabíais. Entonces, mientras os llevan en coche a un lugar, intentáis adivinar. Sientes que vas por la carretera, rápido. Recuerdas sus voces y ver oscuridad. Bajar del coche y ser guiada por una cuesta, caminar sobre rocas y oír el mar, y finalmente pisar la arena y volver a ver.

Y entonces los ves a todos, sonrientes, han preparado una fiesta sorpresa en una cala muy bonita para vosotras, porque os vais. Todo es rápido ese día, pero perfecto. La comida, los regalos, la compañía, el lugar, jugar al voleibol, peleas en caballito, hacer fotos, dar abrazos, sonreír. Recuerdas felicidad. El día se acaba y empiezas a asimilar que el verano llega a su fin.

Y llegan las despedidas. Las últimas veces en mucho tiempo. Ahora tienes los días contados y hay muchas cosas que no te va a dar tiempo a hacer.

Difrutas estando con tu familia, tomando algo un mediodía, comiendo en casa de tu abuela, paseando por el centro con tus primas o las comidas de solo nietos con las recetas de toda la vida. Vuelven a hacerte una fiesta sorpresa, esta vez tu familia (y esta vez sorpresa). Y te despides de tus familiares y de tus amigos. Recuerdas a muchos sonreír y a otros emocionados. Les recuerdas sentados en el banco del parque y más tarde en tu portal, dándote abrazos. Recuerdas dónde estaba cada uno en cada momento y el abrazo colectivo.

Y luego cierras la puerta, lista para empezar tu aventura al otro lado del océano, y poco a poco te alejas del cristal a través del cual te dicen adiós con la mano hasta que dejas de verlos.

Y en el ascensor subiendo a casa sonríes, sintiéndote querida, agradecida, feliz.

Gracias

 

Anuncios

4 comentarios en “Un feliz verano

  1. Oooooh os amazing
    Estoy llorando fuertemente , me ha encantado no me he dado ni cuenta de que era súper largo hasta que he terminado de leerlo entero y he vuelto a subir y a bajar el texto .
    Extraordinario 👏🏻👏🏻😍

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s